Grupo de adolescentes sonriendo juntos representando la importancia de acompañar la adolescencia

Comprender para acompañar a los adolescentes: cambios y límites

Llega un momento, casi sin darnos cuenta, en el que miramos a nuestro hijo o hija y casi no lo podemos reconocer. Entonces pensamos: en que momento ha pasado esto, cuando mi nino o nina se ha convertido en esta persona que tengo delante. La habitacion es la misma, posiblemente un poco mas desordenada, con pequenos vestigios infantiles mezclados con posters o imagenes adolescentes, de Bad Bunny, Rosalia o cualquier otra estrella de la musica actual, pero algo ha cambiado profundamente. Donde antes habia un nino o una nina que buscaba nuestra mirada complice con facilidad, ahora hay alguien muy distinto, alguien que necesita cerrarse, discutir, cuestionar, explorar y, a veces, alejarse.

La adolescencia ha llegado y lo ha hecho para quedarse por un tiempo que no será muy largo, pero que se nos puede hacer eterno si no aprendemos a gestionarlo. Porque con ella, no solamente ha mutado nuestro hijo o hija, sino que también ha cambiado nuestra manera de ser madres y padres. O por lo menos eso es lo que debería estar pasando.

La adolescencia: una etapa necesaria, aunque incómoda

La adolescencia es una etapa evolutiva que comienza con la pubertad y culmina con la integración en la vida adulta. Es un tiempo de profundas transformaciones biológicas, psicológicas y sociales que permiten algo fundamental: la construcción de la identidad y la autonomía. Dicho de forma más mundana, la adolescencia es una crisis, es decir, un conflicto. Un conflicto que se resume en un quiero y no puedo, en aqui hay algo que no manejo, en estar entre Pinto y Valdemoro y, en muchos momentos, no saberlo. Es una etapa que supone estar entre dos mundos. El adolescente ya no es un niño, pero todavía no es un adulto. Y claro, los adultos les tratamos de forma ambivalente, unas veces les exigimos como si fueran muy mayores y otras les degradamos de nuevo a la más tierna infancia.

Cada etapa de la vida tiene una tarea principal que nos sirve de guía para manejarnos en el mundo. En la infancia es el momento de aprender a ser dependientes de los demás. Los niños y niñas pequeños necesitan imperiosamente a un adulto con quien formar un vínculo de seguridad para explorar el mundo que les rodea. En la adolescencia, sin embargo, seguimos siendo dependientes, pero aprendemos a diferenciarnos de los demás intentando encontrar nuestra propia identidad. En la etapa adulta el objetivo es aprender a vivir de forma autónoma o independiente. El adolescente en su búsqueda de la identidad, necesita separarse simbólicamente para descubrir quién es. Y esa separación de nosotros como padres y madres, aunque sea necesaria, nos duele y nos descoloca.

Lo que nos preocupa de los adolescentes y nos remueve a nosotros

Cuando las madres y los padres hablan de la adolescencia aparecen inquietudes muy concretas: la comunicación con los hijos e hijas, la autoestima de los adolescentes, la influencia negativa del grupo, el mal uso de las redes sociales, el despertar hacia la sexualidad, las adicciones a sustancias tóxicas, cómo poner los límites, los valores familiares, la autonomía, etc. Como madres y padres queremos que estén bien, que no sufran, que no se equivoquen demasiado. Esta preocupación muchas veces se convierte en miedos que marcan nuestra forma de actuar o sobreactuar.

Sin embargo, pocas veces nos detenemos a preguntarnos algo esencial, algo relacionado no con el adolescente sino con nosotros mismos: como estoy viviendo yo esta etapa? que expectativas tenia sobre mi hijo o hija? que creencias arrastro sobre lo que es un adolescente? ¿qué parte de mi propia historia como hijo o hija se activa ahora? Porque es importante recordar que antes de ser madres o padres una vez fuimos niños, niñas y adolescentes. La adolescencia de nuestros hijos no solo les transforma a ellos, también nos confronta a nosotros y nos obliga a revisar nuestras rigideces, nuestros miedos, nuestra necesidad de control y nuestras propias heridas no resueltas.

¿Qué está cambiando en su cerebro y sus emociones?

Si miramos con perspectiva, entenderemos que no se trata de que se hayan vuelto imposibles, aunque un poquito sí. Su cerebro está en plena reorganización, casi como una reedición de lo que les sucedió en la más tierna infancia. La corteza prefrontal —encargada del control, la planificación y la evaluación de consecuencias— aún está madurando, mientras que el sistema emocional está especialmente activado. Esto explica por qué pueden razonar de forma brillante en un momento y, al siguiente, tomar decisiones impulsivas. Pueden cuestionar nuestras normas con argumentos sofisticados, pero actuar movidos por la emoción o la presión del grupo. A nivel emocional, la intensidad aumenta: son más sensibles a la opinión de los demás, más vulnerables a la vergüenza, al rechazo, a la tristeza o a la ansiedad. No es que estén exagerando, es que lo viven todo con mayor intensidad.

Al mismo tiempo, están construyendo su identidad. Se preguntan quiénes son y quiénes quieren ser, explorando distintos estilos, grupos, valores y creencias. Buscan coherencia entre lo que sienten por dentro y lo que el entorno les devuelve. Su autoestima se vuelve más inestable y depende en gran medida de la imagen corporal, del rendimiento académico y, sobre todo, de la aceptación social. El grupo de iguales pasa a ocupar un lugar central, no porque la familia deje de importar, sino porque necesitan ensayar quiénes son fuera de ella.

Lo que no cambia, aunque lo parezca: la necesidad de apego

A pesar de todos estos cambios, hay algo fundamental que permanece: siguen necesitando pertenecer. Se mantiene la necesidad de figuras de apego que les ofrezcan seguridad. Siguen necesitando saber que, pase lo que pase, son queridos y valorados, que hay un lugar emocional al que siempre podrán regresar después de salir al mundo a probar suerte. Algo que nos recuerda a cómo los bebés necesitan de un apego seguro para explorar el mundo.

La diferencia es que ya no lo piden de la misma forma ni se dejan consolar del mismo modo. En vez de llorar, a veces lo piden discutiendo o, aunque parezca paradójico, alejándose o cerrándose. Pero detrás de muchas conductas desafiantes sigue habiendo una necesidad profunda de vínculo, y es nuestra función asegurar que eso se mantendrá ahí pase lo que pase.

Cómo acompañar a los adolescentes desde la conexión

Si algo resulta esencial en esta etapa es la conexión y para ello necesitamos hacer el esfuerzo de comprenderlos. Comprender no significa justificar todo, pero sí intentar mirar más allá de la simple conducta y entender las emociones y las sensaciones que la sostienen. La escucha activa, la validación emocional y el respeto por su identidad en construcción serán pilares fundamentales. Validar no es estar de acuerdo con todo, sino reconocer que lo que sienten tiene sentido para ellos, aunque para nosotros pueda parecernos exagerado.

Necesitan su propio espacio, pero también nuestra presencia. Necesitan autonomía, pero también referencia. Lo difícil para todos es aprender a medir la distancia, el espacio y la autonomía que corresponde en cada momento. En resumen, necesitan salir a explorar el mundo sin nuestro paraguas de seguridad, pero sabiendo que siempre pueden volver al hogar a curarse de los disgustos.

Y aquí aparece algo clave: nosotros seguimos siendo los adultos. Eso implica sostener nuestras emociones para no reaccionar desde la impulsividad, no entrar en luchas de poder innecesarias y no convertir cada conflicto puntual en una batalla identitaria. Es importante manejar el adolescente que llevamos dentro.

Poner límites en la adolescencia desde la firmeza, sin ruptura

Poner límites en la adolescencia puede volverse complicado si no somos conscientes de que no consiste en ganar un pulso, sino en resolver un problema preservando siempre la relación a largo plazo. En un conflicto puntual lo esencial es ser conscientes de que para el adolescente puede resultar de vital importancia, aunque desde la perspectiva adulta nos parezca algo trivial. Por eso, si empatizamos con ellos será importante no juzgar su emoción, sea cual sea, para no escalar la tensión y diferenciar lo importante de lo urgente.

Se trata de aprender a ser flexibles y firmes a la vez. No todo merece la misma intensidad por nuestra parte. Además, debemos tener en cuenta que no todos los conflictos tienen que ver con la familia. Sus enfados en casa pueden derivarse de situaciones académicas, sociales, sentimentales o simplemente internas. Nuestra función no es resolverlos todos, sino acompañar emocionalmente, ayudarles a pensar y ofrecerles perspectiva.

La relación a largo plazo: educar adultos libres y felices

Con el paso del tiempo, lo que realmente marcará la diferencia no será cuántas discusiones hubo, sino cómo fue el vínculo y si este permanece. Es fundamental que en su recuerdo puedan sentir que en la adolescencia los veíamos, que sabían que podían equivocarse sin perder el amor de las figuras de apego. Para que esto suceda es imprescindible que les hayamos proporcionado un ambiente donde el respeto sea mutuo.

Mantener una buena relación implica aceptar que ya no es el niño pequeño que fue. Implica reconocer nuestros errores y pedir perdón cuando sea necesario, dando el mensaje de que nosotros también somos falibles pero que sabemos reconocerlo. Por otro lado, es importante buscar momentos de relación afectiva en positivo, sin quedarnos fijados en la parte de su identidad que más nos incomoda.

Debemos siempre tener en mente que no educamos a nuestros hijos e hijas para ser perfectos. Educamos en el acompañamiento durante la infancia y la adolescencia para que sean adultos libres, competentes y felices. Ser conscientes de cómo fuimos educados nos da margen para no repetir automáticamente lo aprendido y para elegir una manera más reflexiva de estar con nuestros hijos.

Estamos preparados para quererlos, aunque no siempre estamos preparados para verlos sufrir, equivocarse o tomar decisiones que no nos gustan. Sin embargo, el crecimiento implica ensayo y error. No podemos evitarles todo el dolor, ni debemos hacerlo. Nuestro papel no es despejar el camino, sino caminar cerca.

Conclusión

La adolescencia no es una etapa que haya que temer, sino intentar comprender. Puede resultar muy intensa, sí. El adolescente se mostrará muchas veces desafiante, eso también. Pero no podemos olvidar que es profundamente necesaria. Quizá la pregunta más importante no sea solo qué le está pasando a mi hijo o hija, sino: ¿cómo me estoy sintiendo yo ante esta etapa y qué puedo hacer al respecto? Porque acompañar la adolescencia es, en el fondo, una oportunidad para crecer también como adultos.

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