Dos personas conversan en un entorno cotidiano, una imagen que representa la importancia del vínculo y una mirada humana sobre la salud mental.

Cuestionando la salud mental (3/3): etiquetas, cuerpo, adicciones y la necesidad de volver al vínculo.

Dos personas conversan en un entorno cotidiano, una imagen que representa la importancia del vínculo y una mirada humana sobre la salud mental.

¿Qué ocurre cuando dejamos de ver a una persona y empezamos a ver únicamente su diagnóstico? ¿Qué relación existe entre los trastornos de la conducta alimentaria, las adicciones, el cuerpo, el móvil y nuestra manera de relacionarnos?

Estas son algunas de las preguntas que atraviesan el tercer episodio del podcast «Cuestionando la salud mental», una serie de tres conversaciones realizadas como parte de la presentación del Máster LoCura: formación propia en salud mental con mirada biopsicosocial.

En este último capítulo, el equipo de LoCura continúa cuestionando algunas de las formas más habituales de comprender el sufrimiento psicológico y propone volver una y otra vez a una idea fundamental: detrás de cualquier diagnóstico hay una persona, una historia, unos vínculos y un contexto.

Este artículo recoge algunas de las ideas centrales del episodio, pero no pretende sustituirlo. Al contrario: estas líneas son una invitación a escuchar la conversación completa, porque es en el diálogo entre quienes participan donde muchas de estas cuestiones adquieren toda su profundidad.

Primer episodio de la serie

Segundo episodio de la serie

ESCUCHAR EL TERCER EPISODIO 

Si todavía no has escuchado los capítulos anteriores, puedes comenzar por el primer episodio de la serie y continuar con el segundo episodio de la serie.

El poder de una etiqueta

El episodio comienza recuperando uno de los experimentos más conocidos en el ámbito de la salud mental: el experimento de Rosenhan. La experiencia planteaba una pregunta incómoda: ¿puede el sistema distinguir realmente y con facilidad entre salud mental y enfermedad mental? En el experimento, varias personas se presentaron en instituciones psiquiátricas manifestando escuchar voces. Una vez ingresadas, cuando afirmaron encontrarse bien y solicitaron el alta, la etiqueta diagnóstica comenzó a condicionar la manera en que se interpretaban sus comportamientos. Conductas cotidianas podían reinterpretarse desde el diagnóstico, de forma que la persona dejaba progresivamente de ser vista como un individuo para convertirse en aquello que indicaba su etiqueta.

La reflexión que plantea el podcast sigue siendo especialmente relevante: ¿qué sucede cuando el diagnóstico empieza a pesar más que la persona? Un diagnóstico puede ser una herramienta útil para comprender determinadas dificultades, orientar una intervención o facilitar el acceso a recursos. Pero existe el riesgo de que se convierta en una explicación total de quien tenemos delante. Desde la perspectiva que se defiende en el podcast, la prioridad es clara: no tratamos diagnósticos; tratamos personas, con o sin diagnóstico. Esto implica acercarnos al sufrimiento, a la experiencia y a aquello que esa persona está intentando expresar.

El vínculo antes que la etiqueta

Esta reflexión conduce a una de las ideas que atraviesa toda la serie de podcasts: lo relacional.

El vínculo puede convertirse en un espacio de reparación. La relación terapéutica no es simplemente el lugar donde se aplican unas técnicas determinadas, sino también un espacio donde la persona puede experimentar una relación diferente. La conversación plantea que la sanación solo puede darse dentro de una nueva relación vincular sana. Por eso, más allá del diagnóstico, de los mapas teóricos o de las herramientas concretas utilizadas en terapia, aparece una pregunta esencial: ¿qué le ha ocurrido a esta persona y qué necesita para poder estar mejor?

Comprender el sufrimiento desde esta perspectiva no significa negar los trastornos ni sus consecuencias. Significa ampliar la mirada y no perder de vista a la persona concreta.

Cuando el sufrimiento habla a través del cuerpo

En el episodio, esta cuestión aparece especialmente desarrollada al hablar de los trastornos de la conducta alimentaria (TCA). La alimentación puede convertirse en una vía mediante la cual una persona expresa un malestar que no ha podido elaborar o comunicar de otra manera. Un TCA no puede reducirse a la apariencia física de una persona ni a cuánto pesa. El problema también tiene que ver con cómo nos relacionamos con la comida, con nuestro cuerpo, con los demás y con nosotros mismos.

Pero incluso podemos ampliar más la mirada. Y para eso nos preguntamos: ¿qué estoy comiendo? O, mejor dicho, ¿de qué me estoy nutriendo? Vivimos rodeados de mensajes sobre cómo deberíamos ser, cómo deberíamos vernos, qué deberíamos conseguir y qué deberíamos desear. Las redes sociales multiplican estos mensajes constantemente. Instagram, TikTok y otros espacios digitales pueden mostrarnos, una y otra vez, determinados modelos corporales, estilos de vida y formas de éxito. Cuando se acumulan todos esos «tengo que», puede resultar difícil construir una identidad propia.

Adicciones: ¿tratar la fiebre o buscar la infección?

Tengo que gustar.

Tengo que estar delgada.

Tengo que ser productiva.

Tengo que ser atractiva.

Tengo que tener éxito.

Tengo que estar bien.

Tengo que…

Y cuando una persona vive intentando responder simultáneamente a todas esas demandas, puede acabar perdiendo el contacto con una pregunta fundamental: ¿quién soy yo? ¿Quién soy en función de los vínculos de los que vengo, de lo que me nutrió en la infancia y de aquello que hoy me nutre o me deja de nutrir?

En la conversación aparece una metáfora especialmente potente alrededor de los TCA: tragarse aquello que no podemos expresar. Rabia, frustración, presión, exigencias, miedo o malestar pueden terminar acumulándose. Desde esta perspectiva, algunos síntomas también pueden entenderse como una forma de comunicación. No necesariamente una comunicación consciente, sino una manera en la que el cuerpo termina expresando algo para lo que la persona no ha encontrado otras vías.

Por eso resulta importante no quedarse únicamente en el síntoma ni en la etiqueta diagnóstica. El objetivo no sería simplemente conseguir que desaparezca una determinada conducta, sino preguntarnos qué quiere expresar esa conducta convertida en síntoma, qué función cumple y qué necesidades no cubiertas puede haber detrás.

¿Nos estamos permitiendo sentir?

Una idea similar aparece cuando el episodio aborda las adicciones. Andrés de la Fuente plantea una metáfora muy clara: podemos quedarnos tratando la «fiebre» o intentar descubrir qué está provocando la «infección». La conducta adictiva puede ser llamativa y ocupar todo el espacio: alcohol, cocaína, juego, determinadas conductas o, en la actualidad, también el uso del móvil. Pero, si únicamente nos centramos en eliminar la conducta, podemos dejar intacto aquello que la sostiene.

Por eso, desde una perspectiva más profunda, resulta necesario preguntarse, igual que en el caso de los TCA: ¿qué está ocurriendo debajo de la adicción? En la conversación aparece la idea de una acumulación de rabia y de emociones que no han podido expresarse adecuadamente. La emoción no sería el enemigo. Al contrario, todas las emociones cumplen una función. La rabia, por ejemplo, puede ayudarnos a reconocer que se ha traspasado un límite.

Pero cuando una persona aprende que no puede enfadarse, que no puede protestar, que no puede defenderse o que determinadas emociones no son aceptables, puede terminar acumulando aquello que no puede expresar. En ese momento, la mente busca formas de canalizar esa rabia no expresada. Esta lectura no sustituye una valoración profesional ni explica por sí sola todas las adicciones; propone, más bien, atender a su contexto y significado.

El móvil: mucho más que una cuestión de adicción

Esta cuestión también conecta con la educación y con las diferencias en los mensajes que tradicionalmente han recibido hombres y mujeres.

«Los niños no lloran».

«No te enfades».

«Sé buena».

«No te defiendas».

«Trágatelo y sigue adelante».

Son mensajes que, aunque puedan parecer pequeños o incluso bienintencionados, pueden enseñar a una persona que determinadas emociones no son legítimas. El problema no está en sentir rabia, tristeza, miedo o frustración. El problema aparece cuando no sabemos qué hacer con lo que sentimos. Y cuando una emoción no puede salir, puede buscar otras vías de expresión.

Volver a lo humano

Uno de los temas que más espacio ocupa en el episodio es el papel del móvil y de las nuevas formas de comunicación. La conversación no se limita a hablar del uso excesivo de las pantallas o del llamado «scroll infinito». Plantea una cuestión más profunda: ¿cómo está cambiando nuestra relación con el mundo y con los demás?

El móvil puede proporcionar estímulos constantes y favorecer una búsqueda continua de recompensa. También puede convertirse en una especie de «pseudonutrición»: algo que consumimos continuamente y que, sin embargo, no necesariamente nos nutre. Deslizamos, buscamos, miramos y volvemos a deslizar. Y seguimos buscando algo que finalmente no termina de satisfacernos, porque quizá el lugar donde buscamos no responde a la necesidad que tenemos.

Pero hay otra cuestión todavía más importante: qué ocurre cuando la tecnología sustituye de forma habitual al encuentro interpersonal. En el caso de niños, niñas y adolescentes, el episodio pone el foco en cómo el móvil puede convertirse en un intermediario permanente entre la persona y el mundo. Buena parte de la información puede llegar directamente a través de una pantalla, sin conversación, sin diálogo, sin contexto y sin alguien que ayude a elaborar lo que se está viendo.

Además, las redes y los algoritmos pueden ofrecernos cada vez más contenido adaptado a nuestros gustos. Algo que, aparentemente, debería ser positivo al personalizar la experiencia. Pero la conversación plantea una paradoja interesante: si solo recibimos aquello que encaja con nosotros, ¿cómo vamos a encontrarnos con lo diferente? Necesitamos diversidad para construirnos, encontrar a otras personas y contrastar nuestra visión del mundo. En definitiva, necesitamos al otro; y el otro no es un algoritmo.

Esta reflexión aparece también en algo tan cotidiano como nuestras conversaciones por WhatsApp. Cada vez es más habitual que las discusiones de pareja, los conflictos entre amistades o los problemas familiares se desarrollen a través de mensajes: escribimos en vez de llamar o hablar en persona, respondemos sin disponer de buena parte de la metacomunicación, interpretamos, nos enfadamos y bloqueamos, cerrando la posibilidad de continuar la conversación.

Una conversación escrita puede convertirse fácilmente en un monólogo en el que cada persona permanece encerrada en su propia versión de los hechos. Cuando falta la presencia del otro, también desaparecen elementos que pueden ayudar a regular una relación: el tono de voz, la expresión facial, los silencios o la posibilidad de reparar inmediatamente un malentendido. Y, sobre todo, se reduce parte de la experiencia de construirnos en relación con otra persona.

Una mirada biopsicosocial para comprender la salud mental

Quizá una de las ideas más importantes del tercer episodio sea precisamente la necesidad de volver a lo humano. Mariana Hellmund plantea una mirada especialmente compasiva hacia las personas que desarrollan un trastorno. En lugar de preguntarnos únicamente qué le pasa, podemos empezar a preguntarnos: ¿qué ha tenido que soportar?, ¿qué recursos tenía?, ¿qué recursos le faltaron?, ¿qué está intentando expresar?

Desde esta perspectiva, el síntoma puede entenderse como una respuesta que quizá, en algún momento, tuvo sentido para sobrevivir, afrontar o gestionar un contexto vivido como demasiado hostil. Esto no significa justificar el sufrimiento ni negar la gravedad de determinadas conductas: significa comprender. Y comprender permite intervenir de una manera diferente.

Máster LoCura

 

Escuchar para seguir cuestionando

Los tres episodios de «Cuestionando la salud mental» forman parte de una misma propuesta: ampliar la mirada sobre el sufrimiento psicológico. El Máster LoCura: formación propia en salud mental con mirada biopsicosocial nace precisamente con esta intención.

«El Máster de LoCura nace para ofrecer una mirada biopsicosocial, crítica, feminista, humanista y no estigmatizante a quienes acompañan procesos terapéuticos, educativos, sociales o comunitarios. Frente a modelos que aíslan el malestar de su contexto, LoCura propone comprender la salud mental desde la historia, el cuerpo, los vínculos, el género, la comunidad y las condiciones sociales que atraviesan cada vida.»

Puedes conocer más sobre el Máster LoCura en su página informativa.

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